Por más que sabemos que la muerte es parte de la vida, su llegada nos sorprende. Nos hacemos de la idea de que la muerte debe ser de “x” o “y” manera; pero, lo cierto, es que nunca es bienvenida y siempre nos parece a destiempo. Despedirnos de seres amados, es un proceso que por innumerables factores, creencias y conceptos, duele.
Recientemente, mi familia vivió esta experiencia muy de cerca. Les comparto que me conmovió mucho la manera tan hermosa de aceptar la partida. Con lagrimas de humildad y resignación, y expresiones de gratitud, la familia se enredaba en abrazos. Una cadena de miradas solidarias y gestos afectivos revivían las maravillas de las que, a través de nuestro ser amado, todos fuimos testigos. Tanto amor presente le daba sentido a la vida que, en lo que al físico respecta, inevitablemente termina con la muerte. Sin embargo, aquellos seres que han pasado por nuestro camino, sin importar su duración, que nos tocaron de alguna manera, siempre se mantienen vivos. No se olvidan. Cada vez que se hacen presente a través de un aroma, de una canción, de esa impactante experiencia o la importante lección, nos hacen sentir. Nadie me quita de la cabeza, que ningún ser humano es materia física.
A nuestra amada Lolita, mi abuelita paterna, su alma necesitaba volar y su cuerpo no le hacía justicia. Emprendió un viaje divino, leve y pleno. Se convirtió en luz y partió al cielo. Desde allí nos baila y nos canta… y desde acá la gozamos y aplaudimos.
La vida expira, pero no el amor. Evoluciona, trasciende y se transforma: se muda, se embellece y desarrolla. En el universo se sostiene y en la eternidad permanece; pero no es el amor el que muere. En lo más simple de nuestra esencia, siempre vivirán las personas que son fuentes de inspiración y que nos dan paso al amor…
Dedicado con todo mi amor y respeto a la Familia Soto, en especial a uno de mi más grandes amores, luz de mis ojos y uno de los hombres más importantes de mi vida, mi papá, Alfredo Cifredo Soto… ¡TE AMO!
Yz [3.Junio.2013]
